Versaba Neruda sobre la mariposa:
"Mariposa de ensueño te pareces a mi alma
y te pareces a la palabra melancolía"
Cuando era niña había en mi casa, colgado en la pared, un marco que enmarcaba un cristal, nada extraordinario el objeto, lo extraordinario era lo que se veía a través del cristal, pequeñas mariposas en fila, con sus alas desplegadas de diferentes colores. Sabía que eran mariposas, pero sólo por el nombre, no me preguntaba qué hacían enmarcadas ni por qué sobresalía un alfiler de sus pequeños cuerpos, yo miraba hacia arriba de la pared para poder verlas y cuando nadie me veía me subía a un taburete y lo descolgaba, y en mi habitación, sentada sobre la cama con las mariposas sobre mis piernas, pasaba el tiempo mirándolas, fascinada por sus formas y dibujos.
Así pasaban los días, no sé cuántos porque no sé cuántos días se necesitan para entender las cosas, y más cuándo eres un niño, pero un día ya no quise mirar hacía arriba para ver a las mariposas colgadas, ni quería descolgarlas para ponerlas en mi regazo. Era primavera y estaba en el parque jugando con los demás niños, entre la tierra, bajo las plantas del jardín de nuestros juegos encontrábamos toda una fauna, hileras de hormigas que llevaban cáscaras de pipas, bichos que se hacían bola al tocarlos, saltamontes ágiles, lagartijas tímidas que rápido se escondían, nos encantaban las mariquitas y detestábamos las orugas, de las que huíamos corriendo sin que nunca nos persiguieran. Entonces uno de los niños grito: "Mirad, una mariposa" nos acercamos a verla con ansia, a lo que el niño nos dijo que fuéramos despacio para que no se marchase. Y ahí estaba la mariposa, sobre una planta. Era naranja, con una línea marrón que bordeaba sus alas, tenía círculos azules y unas líneas negras que parecían pequeños caminos, sus alas se miraban en su mismo espejo; volaba de hoja en hoja con alegría y elegancia, era una imágen perfecta.
Entonces uno de los niños quiso atraparla, aspeaba sus brazos como un molino de viento, abriendo y cerrando sus manos en el aire, pero el niño que había descubierto a la mariposa le dijo que parase, que la dejara volar, que las mariposas habían sido gusanos a los que luego les salían alas y que si las tocaba les quitaría sus polvos mágicos y no podrían volar más, que hay mariposas que sólo viven un día, otras semanas, otras un poco más, pero siempre tenían una vida muy corta, que el aleteo de las alas de una mariposa se puede sentir al otro lado del mundo.
Todos los niños nos quedamos quietos y seguimos mirando a la mariposa volar.
Cuando llegué a casa me subí en el taburete y cogí el marco de mariposas, intenté sacarlas pero como no podía rompí el cristal dándole un golpe contra el suelo, quité cada alfiler que las atravesaba, ya no las tendría más en la pared. Abrí la ventana de mi habitación y me asomé, como sabía que si tocaba sus alas no podrían volar volqué el cuadro para que las mariposas salieran a volar como la mariposa del parque, pero todas cayeron en picado, ninguna voló, entonces entendí que les habían privado de lo mejor que sabían hacer.
Ahora ya cuando miro hacia arriba para ver mariposas, es para verlas volar.
Eva